Inspirada en la Siberia extremeña, La Quijá indaga en los huecos de la memoria colectiva, en los restos que sobreviven en los gestos, los ritmos, los ritos o las canciones que ya nadie recuerda del todo. Busca la poesía en lo que sobrevive, en lo que resiste al paso del tiempo. A través de una fisicalidad intensa y orgánica, propone un viaje hacia los huesos, hacia la médula que guarda el pulso de lo antiguo, y hacia un cuerpo que no es solo individual, sino
comunitario. Entre la aspereza y la ternura, la pieza indaga en la poesía que emerge cuando el cuerpo se convierte en tierra, y el movimiento, en una forma de recordar.